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jueves, 30 de octubre de 2008

Sepultada por la cotidianeidad

Hoy tengo un día de aquellos. Una pluma me parece un elefante.
En mi casa no hay una canilla que no pierda. Salvo una, que parece que ya desperdició toda el agua del planeta porque no larga ni una gota y se queja con un uhhhhhhhh que me taladra los tímpanos cada vez que la abro. La luz del baño titila como si fuera un boliche; no me puedo poner el tapa-ojeras sin quedar como Michael Jackson en Thriller. Estoy cuasi-incomunicada porque CLARO conspira contra mí y no me carga crédito aunque haya pagado. El tel fijo tiene la batería gastada y no la consigo. Al puff le falta relleno y se me clavan los huesos en el piso cuando me acuesto. No sé que carajo es un router inalámbrico que tengo que comprar para que mi notebook también tenga internet. La hiedra de mi ventana tiene pulgones y hace tres días que sufre sin que yo le ponga insecticida (o pulgonicida, o algo). Voy tres veces por semana al kinesiólogo y mi tendinitis no mejora. Y tengo un agujero en el estómago.
Las nimiedades me aplastan. Y no, no me consuela pensar que otros la pasan mal en serio. Eso ya lo sé, y hoy, me importa un carajo. Y me enferma sonar como un tango, aunque sea electrónico.
He dicho. Carajo.

PD: se abre este espacio para depositar quejas variadas de cosas pelotudas que nos joden la vida.

jueves, 16 de octubre de 2008

Cuando el pelotudo es uno...

Era un paciente HIV positivo, viejo conocido del servicio de infectología. Ya había pasado por la mayoría de mis compañeros, así que lo heredé como quien hereda la ropa usada de un hermano mayor. Creés que la conocés de memoria, pero no sabés dónde ajusta, ni dónde se traba el cierre. Y le vas conociendo esos detalles con el uso. Sobre la marcha. Como me pasó con Santiago.

Yo intentaba explicarle cómo tomar un tratamiento complicado, ya que no le habían funcionado las opciones más sencillas. Mi explicación incluía horarios estrictos, toma de la medicación con alimentos grasos para mejor absorción de la droga, ingesta de líquido abundante. Hasta tuve la precaución de hacerle dibujitos en un recetario con la forma de las pastillas y los horarios, porque me quedó claro que apenas sabía leer. Se lo hice repetir varias veces hasta que me pareció que había entendido.

Finalmente, cuando lo estaba despidiendo, ví que rengueaba un poco y le pedí que me dejara revisarlo, porque no se había quejado de nada durante la consulta. Ví que tenía una úlcera venosa infectada, le dí muestras de antibióticos y le hice una curación.
- Ahora cuando llegue a su casa, pone la pierna en alto. Y trate de caminar lo menos posible.
A modo de respuesta, sólo bajó la mirada.
- Se va caminando ahora? Vive muy lejos?
- No doctora, paro acá nomás, en la plaza de Las Heras y Salguero.

Y ahí me acordé de los horarios, el líquido y la comida rica en grasas. Y me sentí una pelotuda. Una pelotuda triste.